Cada mañana los dos últimos días me he despertado a las 5AM. Me ha levantado el ruido de la planta generadora de luz, el olor a café y una mujer que trajina en la cocina. Hombres y mujeres alrededor de una mesa ya estaban exponiendo, hablando, decidiendo sobre sus cosas. Yo estaba al margen. Aún ni siquiera era parte del paisaje. A lo lejos, o más o menos lejos una habitación en la que la radio no callaba, noticias, música, mensajes, todo el tiempo parloteaba, no importa si alguien la escuchaba o no, tenía que estar prendida noche y día. Apenas tenemos señal en los celulares, pero la que hay se aprovecha para twitter. Nada debe significar que estamos aislados. Todos debemos parecer inmersos en alguna parte de esta sociedad que se empeña en seguirnos y en localizarnos a través de nuestra manifestación en tt.
6 AM. hay que ordeñar las vacas. La mujer de la cocina sale con dos baldes y un cubo. Pasa por delante de los hombres. Todos la miran, solo uno la desea. Atraviesa, poderosa la estancia y el tema se resuelve, o no, pero toca ordeñar las vacas, no hay nada más que discutir, nada más que resolver, no hay nada urgente, ahora es el momento de sentir de hacer. Ellos se levantan, la siguen hasta el establo, el tacto caliente de las ubres les hace recordar su verdadero propósito, lo que son. Frente a esa mesa se sientan cada día para recuperar lo que son, agachados bajo las vacas la mujer les ha demostrado lo que siguen siendo: campesinos.
El balance queda sostenido. Habrá un momento para volver a la mesa, y habrá un tiempo para volver a la finca.
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